¿Estamos preparados para el cambio?

 

Esta es la pregunta que siempre nos ronda en la cabeza cuando tenemos que “modificar” nuestros hábitos, nuestra rutina diaria, nuestra forma de relacionarnos y un largo etcétera. Sabemos que vivimos en una era frenética donde reina la inmediatez. Todo lo queremos para este preciso momento y eso, como consecuencia, suele llevar a frustración en la mayoría de los casos. Pero, ¿qué supone entonces “un cambio”?

Nuestra forma de interactuar y de relacionarnos se ha visto modificada en pleno siglo XXI por acontecimientos que han supuesto todo un reto para la humanidad: la denominada revolución digital y tecnológica en la cual estamos inmersos; así como la pandemia de la COVID-19 que ha dejado “secuelas y estragos” en mayor o menor medida entre la población. A este punto cabría preguntarnos si realmente hemos aprendido algo de todo esto o si, por el contrario, estamos aprendiendo paulatinamente.

Este cambio que se respira por doquier debería haber supuesto un auténtico proceso de humanización en nuestras relaciones; algo que vamos olvidando de forma paulatina para centrarnos en un “ego” exacerbado sin sentido y que lleva a la destrucción. En el caso que a mí respecta, especialmente en el ámbito del protocolo y la diplomacia, estamos acostumbrados en muchos de los casos a encontramos unas faltas de ética, respeto, educación y valores que dejan mucho que desear. Es, por tanto, el momento de poner los puntos sobre las “ies” ante una realidad donde parece que “todo vale”.

¿Es ya el momento de valorar la importancia que supone el “protocolo” y la “diplomacia” en el mundo institucional y empresarial? La respuesta es un “sí” rotundo. Nunca debemos olvidar que la esencia del protocolo es la “educación” y “los valores”. No obstante, si la envolvemos con una pizca de ética profesional el resultado es una combinación potente, fresca y regeneradora que perdurará en el tiempo. El protocolo es una herramienta de comunicación estratégica perfecta que consolida el sello de identidad de la propia entidad, pone un “orden” establecido y sumamente requerido, y “combate” contra la improvisación, entre otros. Por todo ello, el protocolo es imagen, orden, armonía, comunicación, valor, estrategia, y un largo etcétera que bien conocemos todos los profesionales que nos dedicamos a este apasionante mundo.

No hace falta mencionar nuevamente la importancia que tiene el protocolo actualmente para las instituciones públicas/privadas y empresas. Especialmente en estas últimas, el protocolo, junto a la diplomacia, se convierte en la llave maestra para cualquier proceso de internacionalización. Nunca olvidemos que el protocolo tiene mucho que ver con las relaciones institucionales y de negociación. No obstante, debemos ser conscientes de la importancia que supone ambas disciplinas para tender “puentes de entendimiento” entre sociedades diametralmente opuestas en un tablero de ajedrez donde todos nuestros movimientos están estudiados estratégicamente.

Pero nunca debemos olvidar la ética profesional y los valores que han de estar impregnados tanto en el ámbito del protocolo como de la diplomacia en el mundo institucional y empresarial. Sin ellos, estamos enmascarando una realidad que nunca va a llegar a buen puerto. ¿Estamos dispuestos a aprender unos de otros? En muchos casos, la respuesta es una rotunda negativa por miedo a perder nuestro codiciado sustento y muchos de ustedes sabrán perfectamente a lo que me refiero. ¿Tanto cuesta tener un poco de amabilidad y respeto? En muchos casos, debemos ser conscientes que se están perdiendo oportunidades de negocio debido a que alguien decide “libremente” (sin consulta previa alguna) eliminar cualquier información y documentación sin previa consulta. En el mejor de los casos, ni atender una llamada telefónica. Imagino que en muchos casos ustedes se verán reflejados en estas palabras. Por tanto, la pregunta sería ahora la siguiente: ¿hacia dónde nos dirigimos? La respuesta es bastante simple. Nos adentramos en un mundo deshumanizado y nada empático donde “el vender humo” y el miedo a “perder nuestra silla” parece que es el producto estrella.

Si realmente estamos dispuestos a un “cambio” en muchas parcelas de nuestra vida, sólo tenemos que tender nuestras manos y asimilar todo ese proceso de cambio para una mejor humanización de nuestras relaciones en cualquier aspecto cotidiano. El cambio, por tanto, supone una transformación desde nuestra esencia y principios. Dejemos de darnos “golpes en el pecho” tan solo para aparentar ante nuestra comunidad que somos todo un líder en nuestro ámbito. El liderazgo es algo que aúna la cooperación y el esfuerzo de todo un equipo que trabaja entre bambalinas para que el cabeza visible se convierta en todo un punto de referencia en su entorno más inmediato.

Por todo ello, menciono finalmente unas palabras de Leo Buscaglia (autor estadounidense y orador motivacional, profesor en el Departamento de Educación Especial de la Universidad del Sur de California) que bien resumen lo expuesto anteriormente e invita a la reflexión:

“El cambio es siempre el resultado final de todo verdadero aprendizaje”

 

¿Tu organización está realmente preparada para gestionar el cambio sin dañar su imagen ni sus relaciones institucionales?


En Protocol & Diplomacy Consultancy acompañamos a equipos directivos y responsables de Relaciones Institucionales a planificar el cambio desde el protocolo, la comunicación y la diplomacia corporativa.

 

 

 

 

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